lunes, 18 de octubre de 2010

¿Cultura de paz o cultura de guerra?


Acuarela del Maestro Ricardo Pérez Alcalá donde se muestra a
la muerte rodeada de fragmentos del Guernica

Así como la salud no es solamente la ausencia de enfermedad, la paz no es solamente la ausencia de la guerra. Utilizar la guerra para imponer la paz  ha sido la teoría dominante en las últimas décadas. Es ejercida implacablemente por parte de los países poderosos, a la cabeza de Estados Unidos, para imponer la paz de los ganadores a partir de instrumentar el  poder de sus ejércitos. O sea, se trata de conseguir la paz como un efecto de disuasión, frente a la alternativa perversa de la guerra, que siempre es peor que una paz forzada. Fue también la teoría que guió la Guerra Fría, donde el equilibrio de fuerzas de los dos bloques más poderosos imponían una paz ficticia, que más parecía un estado de guerra psicológica permanente, con inevitables amagos de guerra de verdad en focos específicos, donde los dos bloques ponían a prueba su poderío bélico.

Este tipo de paz forzada y aparente, que se da en todos los niveles de la relación entre los hombres, tiene una teoría alternativa contrapuesta e integral, que emerge con fuerza en los últimos años y se denomina “cultura de paz”. Se basa en la creencia y la existencia de valores que tienen como norte la paz verdadera, la que emerge de la convivencia, el respeto, la solidaridad, la concertación y el diálogo.

Según un interesante documento de la Fundación UNIR (1), que trabaja en estos temas en Bolivia desde el 2005, se conocen cuatro tipos de violencia: la directa, la estructural, la cultural y la simbólica, que, aunque parezcan separadas, en el fondo actúan unitaria y condicionadamente. Cuando se reconoce al agresor, se dice que la violencia es directa. Cuando no se lo puede identificar, se dice que la violencia ejercida es estructural, y tiene efectos como la pobreza y el hambre. La violencia cultural está inmersa en el campo súper estructural, de los valores y modos de pensar. Es la que legitima a las dos anteriores y se expresa en actitudes discriminatorias como el machismo, el racismo y otros ismos similares, que generalmente desembocan en la no aceptación de diferencias al interior del tejido social.  El cuarto tipo de violencia, la simbólica, se emparenta con la cultural porque ejerce su acción imponiendo una visión del mundo y de la  sociedad, donde las estructuras mentales interiorizan las relaciones de poder existentes, haciéndolas legítimas, hasta parecer naturales. En este orden de cosas están, por ejemplo, las relaciones de las personas con el Estado,  las relaciones entre grupos sociales o entre géneros.

La cultura de paz trata de eliminar todo tipo de violencia, ejercitando acciones que neutralicen cada una de ellas, sin evitar el conflicto, sino, tratando de manejarlo positivamente y aplicando métodos no violentos para su resolución. En este sentido la paz trasciende a la simple ausencia de guerra, adquiere su dimensión amplia y holística, emparentándose con la construcción de un mundo donde prime la justicia social, la equidad, el respeto a los derechos humanos, individuales y colectivos,  y el respeto al medio ambiente. 

Como en el campo de la salud, donde se cura, se previene y se promociona,  en el de la cultura de paz, no solo se deben resolver los conflictos de manera pacífica, sino que se debe tratar de prevenirlos y provenirlos. Prevenir es la preparación y la dotación de mecanismos para evitar los conflictos; en tanto que provenir, es transformar y trascender los conflictos a nuevas formas cualitativamente superiores de relación humana. Desde mi punto de vista, la promoción de la salud se relaciona con más fuerza con éste nuevo término, por su accionar sobre los determinantes del desarrollo y la calidad de la vida, que permiten incidir en las causas sociales y provocar transformaciones profundas y trascendentales para la creación de una cultura de paz verdadera.  

(1) Fundación UNIR Bolivia. Construir cultura de paz: una necesidad en Bolivia.

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